
FORMACIÓN Y CATEQUESIS
"LA TRANSFIGURACIÓN: LA LUZ QUE BROTA DETRÁS DE LA CRUZ": HOMILÍA DE LA FUNCIÓN PRINCIPAL DE INSTITUTO
Como cada Cuaresma, y conforme a nuestras benditas Reglas —de las más antiguas de nuestra Archidiócesis—, la Hermandad de la Santa Vera-Cruz ha celebrado su principal expresión de culto interno: el Solemne Quinario culminado con la Función Principal de Instituto en honor de nuestro Sagrado Titular, presidida por nuestro director espiritual, D. Francisco José López Martínez.
Han sido días de preparación interior, de avivar el fuego del corazón para presentarnos ante el Santo Cristo de la Vera-Cruz con gratitud sincera. Un Cristo que, desde hace siglos, ilumina la vida de nuestros antepasados y la de cuantos hoy seguimos encontrando en Él sentido y esperanza.
La predicación, enmarcada en el segundo domingo de Cuaresma, puso su mirada en el Evangelio de la Transfiguración. No se trata de un pasaje meramente estético o evocador, sino de una clave decisiva para la vida cristiana: detrás de la Cruz está la luz de la Resurrección.
Al contemplar la imagen del Crucificado podemos quedarnos en la evidencia del sufrimiento. Pero la fe nos invita a ir más allá. Muchas veces nuestra propia existencia parece discurrir en "blanco y negro": rutina, desaliento, falta de ilusión, cansancio acumulado. Incluso puede faltar la fuerza para afrontar la jornada cotidiana. En esos momentos, la oscuridad parece imponerse.
Sin embargo, el cristiano no se abandona al vacío ni a soluciones superficiales. La respuesta es la fe confiada: creer que, aunque no lo veamos ni lo sintamos, Cristo vive y su victoria es real. El mensaje del segundo domingo de Cuaresma es claro: no temer la cruz. Tras cada dificultad, tras cada valle de sombra, se alza ya el Cristo glorioso.
Cuántas veces el Señor irrumpe en nuestra vida con pequeños destellos de luz: la belleza inesperada de un amanecer, la sonrisa gratuita de un niño, la palabra agradecida de quien recibió ayuda, la paz que brota en medio del silencio. Son signos discretos, pero elocuentes, de que la Resurrección no es promesa lejana, sino presencia actual.
La Función Principal no es una tradición repetida sin conciencia. Es renovación de esperanza. El Santo Cristo de la Vera-Cruz no es solo memoria histórica ni patrimonio devocional; es el Señor vivo que ilumina nuestro presente.
La Transfiguración, contemplada en este tiempo de Cuaresma, nos recuerda que la Cruz no es el final. Tras ella, siempre, está la luz. Y esa certeza sostiene nuestra fe y da verdadero sentido a nuestra pertenencia a la Hermandad.
"CRISTO, LUZ DEL MUNDO: LLAMADOS A ILUMINAR CON SU PRESENCIA": MEDITACIÓN DEL QUINTO DÍA DEL SOLEMNE QUINARIO
En esta jornada del Solemne Quinario al Santo Cristo de la Vera-Cruz, la meditación giró en torno a una afirmación central del Evangelio: Cristo es la Luz del mundo. No una luz pasajera o simbólica, sino la luz verdadera que ilumina toda existencia humana y da sentido pleno a la vida.
Contemplar al Crucificado no es solo un acto devocional, sino una experiencia que ha de tocar el corazón. La predicación insistió en que no basta con acercarse físicamente a la imagen; es necesario permitir que su presencia transforme el interior. Jesús, Camino, Verdad y Vida, es el único en quien podemos confiar plenamente, el único que ofrece una vida abundante que comienza ya en el presente y se proyecta hacia la eternidad.
Sin embargo, esa luz puede verse oscurecida por las pequeñas sombras del pecado cotidiano: actitudes de orgullo, indiferencia, críticas, divisiones o egoísmos que, aunque parezcan insignificantes, debilitan la vida cristiana y la comunión fraterna. La verdadera conversión comienza precisamente por reconocer esas sombras y acudir al sacramento de la Reconciliación, donde el Señor no solo perdona, sino que sana y fortalece.
La Hermandad, como comunidad de fe, está llamada a ser reflejo de esa luz. Cuando realizamos la estación de penitencia en la tarde del Jueves Santo, no solo acompañamos una imagen; proclamamos públicamente que creemos en Cristo crucificado y resucitado, luz que ninguna tiniebla puede apagar. Somos enviados a ser "sal y luz", como recuerda el Evangelio, llevando el testimonio del amor de Dios a nuestro entorno.
La meditación concluyó invitándonos a cultivar una relación íntima y constante con el Señor, alimentándonos de la Eucaristía y de la oración. Solo así podremos ser auténticos testigos en medio de un mundo que con frecuencia vive en la confusión y la oscuridad.
Bajo la protección de la Santísima Virgen, modelo perfecto de fe y esperanza, pidamos la gracia de permanecer siempre junto a la luz de Cristo, para que nuestra vida y nuestra Hermandad reflejen con claridad la belleza del Evangelio.
"LA VIDA VERDADERA: SEGUIR A CRISTO CON TODAS LAS CONSECUENCIAS": MEDITACIÓN DEL CUARTO DÍA DEL SOLEMNE QUINARIO
En esta jornada del Solemne Quinario al Santo Cristo de la Vera-Cruz, la predicación se centró en el pasaje evangélico del joven que se acerca a Jesús y le pregunta: "Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?". Una cuestión que, aunque formulada hace siglos, sigue resonando en el corazón de todo hombre.
La vida eterna —se explicó— no se refiere únicamente al más allá, sino a la vida plena que comienza ya aquí, cuando se vive con sentido, verdad y esperanza. En el fondo, todos nos hacemos esa misma pregunta: ¿qué debo hacer para que mi vida merezca la pena?, ¿cómo vivir para que no sea una existencia vacía o superficial?
La respuesta es clara: la vida verdadera se encuentra en Cristo. Conocerle, amarle, seguirle, cargar con su cruz y construir su Reino es el camino seguro. No se trata de una propuesta cómoda ni de una religiosidad superficial, sino de una apuesta radical por el Evangelio.
Se subrayó especialmente la paradoja cristiana: perder la vida para ganarla. El que se entrega por amor, el que perdona, el que sirve, el que vive las bienaventuranzas en lo concreto del día a día, descubre que recibe la vida multiplicada. La cruz no es derrota, sino árbol de vida.
En un contexto cultural marcado por la búsqueda del éxito inmediato, del placer sin responsabilidad y de una felicidad aparente, el cristiano está llamado a decir un sí valiente: sí a la vida, sí a la familia, sí al amor responsable, sí a la verdad, sí a la justicia y a la dignidad de toda persona. Es el gran sí que brota de la fe en Cristo crucificado y resucitado.
La Hermandad, con sus signos y su estación de penitencia, no es mero simbolismo externo. El hábito penitencial, el silencio y el caminar tras el Santo Cristo expresan una opción concreta de vida: unidos a la Cruz estamos unidos al manantial de la verdadera vida.
La meditación concluyó invitándonos a vivir nuestra pertenencia a la Hermandad como compromiso real con el Evangelio, recordando que solo en Cristo encontramos la plenitud que el corazón humano anhela. Porque quien se une a Él descubre que la vida entregada es la única que verdaderamente permanece.
"CRISTO, LA VERDAD QUE NOS HACE LIBRES": MEDITACIÓN DEL TERCER DÍA DEL SOLEMNE QUINARIO"
En esta jornada del Solemne Quinario, la predicación nos condujo al relato de la Pasión según San Juan, concretamente al diálogo entre Jesús y Pilato, un encuentro cargado de profundidad teológica y actualidad permanente. En él resuena una de las preguntas más inquietantes del Evangelio: "¿Qué es la verdad?".
Pilato formula esta cuestión desde el escepticismo y la duda, reflejando la actitud de un mundo que relativiza todo y que construye su propia verdad según intereses, conveniencias o mayorías cambiantes. Frente a esa visión fragmentada, el mensaje cristiano es claro: la verdad no es una idea abstracta ni una construcción subjetiva. Cristo es la Verdad.
Jesús no impone, no grita ni se defiende con violencia. Su realeza se manifiesta en la humildad, en la misericordia y en la entrega total hasta la cruz. La verdad de Dios no se presenta como poder mundano, sino como amor que se dona. En la Pasión contemplamos la coherencia suprema entre lo que Cristo dice y lo que vive: Él testimonia la verdad con su propia vida.
Se subrayó que vivir en la verdad implica asumir el Evangelio sin rebajas. No es cómodo ni triunfalista ser cristiano. La verdad del Evangelio exige coherencia, capacidad de perdón, renuncia al egoísmo y compromiso real con el prójimo. Amar incluso cuando cuesta, perdonar cuando duele, mantenerse fiel cuando resulta difícil: ahí se concreta la verdad cristiana.
En un contexto cultural donde todo parece negociable y donde la opinión sustituye con frecuencia a la verdad objetiva, el cristiano está llamado a ser testigo humilde, pero firme. No se trata de imponer, sino de vivir de tal manera que la propia vida sea reflejo de Cristo.
La Hermandad, en este tiempo de Cuaresma, es también escuela de verdad. Ante el Santo Cristo de la Vera-Cruz, contemplamos que la verdad pasa por la cruz, por la entrega y por la fidelidad hasta el final. No hay Resurrección sin Pasión; no hay gloria sin amor llevado hasta el extremo.
La meditación concluyó invitándonos a no acomodarnos, a no diluir el Evangelio en una religiosidad superficial, sino a dejarnos transformar por la Verdad que salva. Porque solo cuando Cristo ocupa el centro de nuestra vida encontramos la luz que disipa toda oscuridad y la firmeza que sostiene nuestro caminar.
"EL QUINARIO TRANSFORMA EL CORAZÓN": MEDITACIÓN DEL SEGUNDO DÍA DEL SOLEMNE QUINARIO"
El segundo día del Solemne Quinario al Santo Cristo de la Vera-Cruz fue presidido por nuestro director espiritual, Rvdo. Sr. D. Francisco José López Martínez, quien asumió la predicación ante la ausencia del Rvdo. Sr. D. Marcelino Manzano Vilches. La meditación ofrecida constituyó una profunda llamada a la autenticidad cristiana en este tiempo de gracia.
La reflexión partió de una idea fundamental: el Señor no necesita quinarios; somos nosotros quienes los necesitamos. Este ejercicio de piedad no puede reducirse a una costumbre anual ni a un recuerdo sentimental, sino que debe suscitar en cada hermano un verdadero crecimiento en el amor y una conversión concreta. Si tras estos días todo permanece igual, el fruto habrá sido escaso.
A la luz del Evangelio —"El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga"— se explicó que negarse a uno mismo implica colocar a Cristo por encima de intereses personales, proyectos y comodidades. Tomar la cruz significa asumir con fe las dificultades propias de la vida, sabiendo que el Señor las abrazó primero y camina con nosotros.
Se recordó también que la Cuaresma no puede quedarse en lo externo o en lo meramente estético. La contemplación repetida del Crucificado ha de movernos a una transformación real. En este sentido, se subrayó la importancia del sacramento de la Penitencia como medio privilegiado de renovación: Dios no solo perdona, sino que sana y fortalece para comenzar de nuevo.
El Quinario es, por tanto, una oportunidad única para dejar que Cristo toque el corazón, para abandonar aquello que nos impide seguirle con plenitud y para recorrer con decisión el camino de la cruz, que desemboca siempre en la esperanza luminosa de la Resurrección.
"CRISTO ES EL CAMINO": MEDITACIÓN DEL PRIMER DÍA DEL SOLEMNE QUINARIO"
El Solemne Quinario en honor del Santo Cristo de la Vera-Cruz dio comienzo con la predicación del Rvdo. Sr. D. Marcelino Manzano Vilches, Canónigo de la Santa Iglesia Catedral y Delegado Diocesano de Hermandades y Cofradías, quien ofreció a los hermanos una profunda reflexión centrada en una afirmación esencial: Cristo es el Camino.
Desde los pies de la sagrada imagen, el predicador invitó a vivir estos días como una auténtica oportunidad de encuentro personal con el Señor. El Quinario —afirmó— no es solo una tradición piadosa, sino un "un encuentro maravilloso", un tiempo privilegiado para revisar la vida, reconocer el pecado y prepararnos interiormente para la Semana Santa y la estación de penitencia.
En el corazón de su meditación resonó una pregunta decisiva: ¿qué puede colmar mi sed de eternidad? La respuesta fue clara y rotunda: solo Cristo. No como una idea abstracta ni como una norma externa, sino como persona viva. Él -Jesucristo- no señala simplemente un camino; Él mismo es el Camino, el único plenamente confiable, porque conduce no solo a una vida más auténtica aquí y ahora, sino a la vida eterna.
Recordando las palabras del salmo —"aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo"—, subrayó que Cristo ha recorrido antes que nosotros el sendero del sufrimiento, de la cruz y de la muerte. Nada de lo humano le es ajeno. Por eso, el cristiano no camina solo, tampoco en la enfermedad, en la dificultad o en la incertidumbre. El crucificado, que descendió a lo más hondo de la oscuridad, abre siempre un paso de esperanza.
Dirigiéndose especialmente a los hermanos, recordó que la Hermandad existe para ayudarnos a caminar con Cristo. La estación de penitencia del Jueves Santo no es un mero ejercicio estético ni un acto externo, según sus palabras: "no nos disfrazamos, sino que nos revestimos del hábito penitencial para expresar que hemos elegido seguir el mismo camino que el Señor. La belleza de nuestros pasos y de nuestras imágenes habla al mundo, pero debe conducirnos más allá de lo visible, hacia una conversión real y concreta".
El camino cristiano —insistió— no es triunfalista ni busca protagonismos. Es senda de humildad, servicio silencioso, fraternidad y caridad perseverante. Contemplar al Crucificado es aprender el lenguaje del perdón, de la entrega y de la misericordia; participar en la Eucaristía es comprender que amar hasta el extremo es la medida del verdadero discípulo.
Don Marcelino concluyó animando a vivir este Quinario como un tiempo de renovación interior, pidiendo la gracia de salir de estos días más enamorados de Cristo, más comprometidos con el Evangelio y más conscientes de que la meta última es la comunión plena con Dios. Bajo la mirada del Santo Cristo y de la Santísima Virgen, modelo perfecto de fidelidad y esperanza, la Hermandad inicia así un camino que conduce, paso a paso, hacia la salvación.
Oh, Cruz, única esperanza
La Cuaresma de este año adquiere un tinte peculiar al situarse dentro de este Año Jubilar que tiene como mensaje central: «La esperanza no defrauda». Y es que este tiempo litúrgico, si bien se caracteriza por la penitencia, el ayuno, la limosna y la oración, no lo hace sino porque nuestros ojos se fijan en la meta de este: el Misterio Pascual. Es la grandeza y centralidad de la pasión, muerte y resurrección de Cristo lo que da razón a esta cuarentena que la Iglesia nos regala para prepararnos interiormente. La Cuaresma se convierte en sí misma en un camino de esperanza. Es la maravilla de la gracia que se derrama en los misterios de nuestra salvación la que nos hace vivir en ese deseo de comunión plena con Dios.
La esperanza no defrauda porque se sustenta en una fe y un amor incondicional: el de Cristo por nosotros, el de Dios por sus hijos. Y necesitamos ese amor. Como dice Benedicto XVI en Spes salvi: «el ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: "Ni muerte, ni vida… ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rm 8,38-39)». Pero, ¿dónde encontrarlo? ¿Dónde verlo? Y viene al alma aquel verso del antiguo himno latino: «O Crux ave, spes única (¡Salve, oh cruz, nuestra única esperanza!)».
Sí, es la cruz de nuestro Señor, la bandera, el estandarte en el que podemos mirar. Allí encontramos el ancla firme y segura en el que apoyarnos. Porque, como decía San Juan de Ávila: «Mirándote, Señor, todo me convida al amor: el madero, la figura, el misterio, las heridas de tu cuerpo; y, sobre todo, el amor interior me da voces que te ame y que nunca te olvide en mi corazón». Por tanto, en esta Cuaresma peregrina en la que se nos invita a caminar en esperanza, te invito a que mires a la "vera Cruz", a que pongas tus ojos en el Crucificado. Y al contemplarlo, deja que el amor que se entrega por ti, por tu salvación, te inunde, se apodere de ti.
Y, embriagado del amor por Cristo, y este Crucificado, te conceda la verdadera sabiduría: la que hace posible que no nos quedemos en el pecado cometido sino que avancemos a los brazos misericordiosos del Padre en el sacramento de la Reconciliación; la sabiduría que nos permite no mirar con miedo los tropiezos o las adversidades más o menos grandes que nos van apareciendo en la vida, sino afrontarlos con valentía y resolución sabiendo que «a los que aman a Dios todo les sirve para el bien» (Rom 8,28); la sabiduría del que, porque se sabe perdonado, es capaz de perdonar de corazón al hermano; la sabiduría del que es capaz de infundir ánimo, acompañar y dar razón de la esperanza a quien se encuentra desesperado; la sabiduría que sabe reconciliar y establecer la paz y el sosiego allá donde hay discordias, crispación, enfrentamiento, porque como dice el apóstol: «reconcilió con Dios a los dos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, a la hostilidad» (Ef 2,16); la verdadera sabiduría que permite reconocer también en cada hermano doliente, que sufre, que es injustamente tratado o despreciado, el rostro del Crucificado, sacudiéndonos a poner en práctica ese «cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).
Así que agarrémonos a la Cruz como nuestra única esperanza, que sea el cayado en que nos apoyemos en este camino cuaresmal y, así, sembremos en nosotros mismos y a nuestro alrededor la esperanza que no defrauda, esa que brota del costado abierto de Cristo crucificado.
Daniel Orozco Villaverde
Teólogo
Reflexión de Nuestro Director Espiritual
(3 DE FEBRERO DE 2025)
«La Presentación del Señor»
Mal 3, 1-4 // Sal 23 // Heb 2, 14-28 // Lc 2, 22-40
A la mitad del invierno las noches son todavía largas, por eso, para mitigar el frío y la oscuridad, los fieles cristianos se reunían todos los años por estas fechas en torno a fogatas y velas para celebrar la tradicional fiesta de la Candelaria, donde se recordaba la presentación del niño Jesús en el templo cuarenta días después de su nacimiento y la purificación ritual de María después del parto de su primogénito.
Pero, ¿qué necesidad tenían José y María de realizar estos preceptos rituales judíos? ¿Acaso ese niño no era ya Hijo de Dios? ¿Acaso María no había sido concebida desde el primer instante de su ser natural sin ningún rastro de pecado original?
La presentación de Jesús en el templo no es una cuestión de necesidad, sino de cumplimiento. Jesús viene a cumplir las Escrituras, a cumplir las promesas y a cumplir la Ley. El mesías tiene que parecerse en todo a sus hermanos, y eso incluye someterse a la obediencia de los preceptos rituales revelados por Dios.
Una de las misiones que los profetas esperaban que el mesías realizase era la de purificar el Templo, así como la de renovar el culto y el sacerdocio israelita. Algún día el mismo Yahvéh se presentaría en su santuario de Jerusalén y purificaría con su fuego y su luz la intención de los corazones sacerdotales. El mesías, además de un rey liberador y de un profeta poderoso en signos, sería también un verdadero y auténtico sacerdote capaz de ofrecer a Dios el culto perfecto que merece recibir de su pueblo.
En relación a este último aspecto, la fiesta de la Presentación del Señor nos recuerda el momento en el que Jesús, de mano de sus padres, dio en su vida terrena el primer signo de renovación del verdadero culto que el ser humano debe a Dios. Y como sigue pasando en cada eucaristía, aquel día sólo los sencillos y los humildes que esperan en la oración se dieron cuenta de que verdaderamente el Señor estaba haciéndose presente en sus vidas.
Reflexión de Nuestro Director Espiritual
(20 DE ENERO DE 2025)
«Las Bodas de Caná»
II Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo C)
Isaías 62, 1-5 // Sal 95 // 1 Corintios 12, 4-11 // Juan 2, 1-11
La primera manifestación (epifanía) de las maravillas que es capaz de realizar Jesús como mesías ocurre precisamente en una boda. No en vano, durante siglos, los profetas anunciaron a Israel que, pese a todas las infidelidades cometidas contra Dios, algún día Yahvé establecería con su pueblo una alianza eterna basada en el amor conyugal: «Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo». Entre las muchas imágenes con las que las profecías dibujaban el perfil de ese hombre que habría de ser enviado por Dios para la salvación definitiva de Israel, estaba la de un esposo mesianico. Él vendría a celebrar con su pueblo unas bodas eternas donde, por supuesto, nunca faltarían los buenos vinos de solera, creados para alegría del corazón humano.
Y así ocurrió en Caná de Galilea. Faltó el vino, y Jesús transformó el agua contenida en las tinajas destinadas a las purificaciones rituales judías (constante recordatorio de la indigna suciedad del hombre ante Dios) en el mejor de los caldos. Así empezaron a creer sus discípulos en él y así quedó patente el poder de su Madre como abogada e intercesora. Por ello, la Iglesia de Cristo, presidida por los apóstoles y acompañada por María, su más perfecto modelo, es alimentada en cada eucaristía por el vino de las bodas del Cordero. En ese banquete de júbilo, la comunidad de los creyentes se embriaga con los distintos dones y carismas que el Espíritu Santo hace brotar en nosotros para edificación del Reino de Dios.
El milagro de las Bodas de Caná se proclama este domingo para recordarnos una vez más que la misión primordial de Jesús es la de traernos a nosotros, criaturas mortales, la auténtica alegría, la que no se acabará nunca. Una alegría que no puede ser otra que la de permanecer eternamente unidos al amor esponsal de nuestro creador.
Reflexión de Nuestro Director Espiritual
(13 DE ENERO DE 2025)
Bautismo del Señor
Domingo después de la Epifanía
Is 42, 1-4. 6-7 // Sal 28 // Hch 10, 34-38 // Lc 3, 15-16. 21-22
¿Qué necesidad tenía Jesús de bautizarse? Ninguna, ciertamente. Lo necesitábamos nosotros. Necesitábamos que alguien, representando a todo el género humano caído en el pecado original, sacrificara en su carne mortal el mal que corrompe nuestra naturaleza. Necesitábamos que después, este Salvador, resucitara, y con él volviera a la vida una nueva condición humana vencedora de la muerte, restaurada y gloriosa. Necesitábamos que ese modelo de hombre nuevo ascendiera divinizado al trono de Dios y reinara allí, aguardando los cielos nuevos y la tierra nueva. Y necesitábamos, como no, en último término, que todos pudiéramos participar de los méritos de ese Redentor, de ese Rey celestial.
Para que nos beneficiemos de todo ello, Jesús estableció el bautismo como modo de insertarnos en su cuerpo místico. No quiso inventar nada. La caña cascada no la quebró, la mecha vacilante no la apagó, por eso tomó el signo profético de Juan, mero anuncio de conversión, y sencillamente lo elevó a la categoría de sacramento. Siendo todavía un desconocido, se puso a la cola de los pecadores que esperaban su turno en la orilla del río, y al caer el agua sobre él, aquel gesto simbólico cobró nueva eficacia. El mesías esperado se manifestó al Bautista y, en él, también a todos los profetas que anunciaron su venida en el Antiguo Testamento.
El Espíritu Santo bajó sobre Jesús en forma de paloma y se escuchó una voz potente y magnifica sobre las aguas: «Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco». Con esta otra epifanía (del griego epiphaneia, manifestación de lo profundo), treinta años después de la de los magos de oriente, se inició a orillas del Jordán un camino que culminó en el Calvario, donde el bautismo de Cristo tomó su poder regenerador. Desde entonces, todo el que recibe estas aguas se beneficia del amor complaciente del Padre, de la aspersión de la sangre del Hijo y de la unción jubilosa del Espíritu Santo. Y ya no tendrá otro nombre que cristiano, porque verdaderamente será otro Cristo.
RETIRO DE ADVIENTO

¡Preparemos los caminos, ya se acerca el Salvador! De nuevo entramos en este tiempo de Adviento, tiempo de preparación y de esperanza ante la inminente llegada de Nuestro Redentor. En este tiempo litúrgico, la Iglesia nos invita a pararnos un poco en nuestras vidas para quitar todo aquello que sobra, para preparar nuestro corazón a un Dios que quiso hacerse como nosotros y que cada Navidad viene para quedarse contigo. Aprovecha este tiempo de espera, que no pases por el Adviento, si no que realmente el Adviento pase por ti, para que así, despojado de toda esclavitud material y mundana, no seamos posaderos que rechazamos la llegada del Señor, si no que convirtamos nuestro corazón en verdadero pesebre que un año más acoge la llegada del Salvador del Mundo, un salvador que hecho niño te sigue soñando mejor cada día. En este tiempo de Adviento, el grupo de confirmación de nuestra hermandad te invita a participar del retiro que tendrá lugar la mañana del 22 de diciembre a las 13:00 en nuestra capilla, un tiempo para ponernos delante del Señor, purificar nuestras vidas y como María, Madre de la espera, saber acoger siempre la voluntad de Dios.




